Occidente está en crisis. Pero los occidentales, habituados desde el origen de los tiempos a engordar para morir ¿están también en crisis? Nuestro placentero espíritu de rebaño gordo y reluciente ¿está en crisis? ¿O más bien la crisis es la de nuestro buen pastor político-tecnológico que, a imitación del bíblico, ha decidido abandonarnos? Y ciertamente que se ha ido, pero dejándonos a todos gordos, relucientes y, lo que era más importante para él: plenamente domesticados. También se ha llevado con él los grandes enjeux (violencia, revolución…) que alguna vez vislumbraron cierta esperanza de abandonar nuestra condición borreguil. Ahora, ya sin pastor, tal vez lo más dramático para nosotros sea la dispersión del rebaño en el inmenso territorio saturado del modus operandi de nuestro guía y los hábitos adquiridos a su sombra en nuestro modus vivendi.
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2011
Modelos de resistencia
2011
El nuevo arte chino
“Esta paranoia cómplice del arte”.
Jean Baudrillard
La idea de que las gentes lo que quieren en sus vidas es cambio e innovación es tan indemostrable en la práctica como su contraria. Pero esa idea, ese valor de uso de nuestra libertad continúa trabajando en la psique occidental hábilmente estimulada por nuestra concepción productivista/consumista de progreso asociada a ella.
Ahora bien, llevar las cosas al límite, actuar como agente acelerador de ese pretendido deseo de cambio e innovación suele ser obra de unos cuantos con relación a la inmensa mayoría que sólo se ha visto arrastrada a la tarea, hoy y siempre, con verdadera desgana.
En el arte y la ciencia (también en lo político, como señala Max Weber) tampoco es ya ningún secreto la complicidad histórica artista/científico guiados por los mismos deseos de innovación. Y si el artista de las vanguardias deconstruye la realidad artística, el científico deconstruye la realidad tout court para sustituirla por su copia vitual. El concepto que guía estas dos actividades es el de operatividad, un concepto genealógicamente hablando más científico que artístico. Cuando las operaciones sobre la realidad y sobre el arte, sobre lo objetual, se han culminado es cuando aparece en el horizonte la última aventura de ambos, del científico y del artista: la experimentación sobre lo biológico, la performance individual sin otro objeto de experimentación que no sea el de su propio cuerpo o el de los demás (en el cine de David Cronenberg, hay innumerables ejemplos de esto). Y no deja de sorprender que en un sistema completo y completado, de rien ne va plus y del final de la aventura, el desasosiego innovador individual de algunos adquiera una virulencia implosiva (que sustituye a la histórica virulencia explosiva colectiva) comparable “al hágase según tu palabra” del Cristo en la cruz, un self sacrifice de cara a la galería tan desagradable como inútil.
En esa puja por coronar cuanto antes la cima del mal gusto se inscriben las nuevas tendencias del arte chino
a las que hace referencia el antropólogo Alberto Valero en su blog
Estos artistas, algunos de reconocido prestigio internacional entre los medios aficionados al desguace corporal, han sustituido la paleta y el pincel por el quirófano y el bisturí con una desinhibición propia de las sangrías medievales. Estamos pues, ante un fenómeno que unifica las crueldades de antaño con el más sofisticado instrumental quirúrgico del siglo XXI. Esta obscenidad “artística” rampante en los chinos es similar a la que practican en occidente Orlan y algunos otros. Son actos, escenas, no ya de sadismo (en Sade los cuerpos están vivos) sino de pura y simple sado-necrofilia en un escenario sin escena y sin actores en el que campa a sus anchas, en el vacío, la operatividad tecnológica (la misma en occidente y China) de la sangre y lo sangrante. Si el arte antes que un contenido es una expresión de libertad ¿se trataría en el caso de los artistas chinos (y en los de occidente) de reivindicar una disposición libre, una libertad de su propio cuerpo frente a sistemas opresores (el comunismo y el capitalismo), que impiden esa misma libertad suicida? ¿Ofrecerse en mutilado o sacrificado como única arma de defensa, como acto redentor, frente a la hegemonía totalitaria? Si la libertad, como decía Lichtenberg para lo único que sirve es para abusar de ella; despojada de toda esa mitología liberadora ¿no se reduce la libertad a la vida? ¿Y tiene algún sentido acabar con su propia vida (y la de los demás) en nombre de la libertad? ¿O existe alguna libertad más allá de la vida?
En realidad, todo este tipo de orientaciones “artísticas”, que fuera de los media y los reducidos y corrompidos círculos artísticos, gozan de la más absoluta indiferencia entre las masas (exactamente igual que lo político), son como el canto del cisne del antaño espíritu suicida de conquista. Por eso no es de extrañar que el imperialismo marxista chino mantenga hacia estos artistas una posición ambigua, condenándolos como disidentes individualistas al tiempo que los mantiene como portadores de la esencia del propio régimen: la técnica (lo cual confirma aquél premonitorio ensayo de Kostas Axelos; “Marx, pensador de la técnica”).
Afortunadamente, a la gente normal – y futuras victimas propiciatorias si esto continúa así – no les da por estas cosas, se conforman con adoptar una distancia irónica, una pasiva indiferencia – cuando no una resistencia visceral – porque saben que frente a lo político y al arte como arma política se trata de no picar, que ellos digieran su propia escoria sin trasladárnosla a los demás, pues en realidad de eso se trata en este juego.
Elías Alfonso
2009
Hot Memories
2. Barcelona (I)
El ínclito León Tolstoi, abre su novele Ana Karenina con la siguiente frase: “Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas lo son cada una a su manera”. Pues bien, esta obviedad, incomprensible en el filántropo Tolstoi que poco debía saber de familias cuando su propia mujer le tildó de “mala persona”, continúa siendo un icono de la citación en tiempos – los nuestros – en que ya no queda ninguna familia.
La nuestra también expiró el día en que quedó probada la incapacidad de mi abuelo Fausto para asumir la función de Padrino en la nueva modalidad de familia mafiosa extremeña que yo proponía. Y con esa liquidación familiar, acabaron también todas mis garantías de supervivencia digna. Se iniciaba en mi vida un nuevo ciclo (sin ciclo, puesto que aún no he salido de él) de supervivencia indigna que, con la excusa de estudiar, me confinaría por varios años en la Barcelona de principios de los 60.
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