Si la hegemonía tecnológica es la única “realidad” de Occidente, hambre no pasamos y de la cosa cultural (antigua o moderna) pretenden hacer hoy un nuevo Catecismo para cursis y sibaritas; si la mencionada “realidad” no está amenazada por su doble como sostiene Clement Rosset, sino por su propia gilipollez como le responde Baudrillard, entonces preferimos internamos en Internet.
Porque en Internet lo tenemos todo: la tecnología, la “realidad”, la cultura, nuestro doble, nuestra propia gilipollez, y si pedimos una pizza también nos la traen.
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2010
Internados en Internet
2010
Contra Dios (Animal Power II)
“Dios creó al hombre a su imagen y creó la Naturaleza al uso del hombre. El alma es ese centro espiritual por donde el hombre es a imagen de Dios y se distingue radicalmente de todo el resto de la Naturaleza (y de su propio cuerpo)”.
Jean Baudrillard, El espejo de la producción.
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2010
Animal Power
Si ya no te fías de los libros ni del Festival de Cine Independiente de Sundance, ¿qué decir de los documentales que ponen en la tele? En la mayor parte de ellos, la naturaleza y el reino animal tienen un papel protagonista. Y todo, porque en el reino humano se ha producido una especie de dejación de funciones, un laissez faire perfectamente acomodado a la naturaleza consensual, cómplice, virtual y vacua del principio de realidad del individuo, que es tanto como decir de su Poder real.
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2010
Garzón o El Hombre de la Multitud
Me gusta que el título de mis articulillos sea expresivo, que connote ya de inicio una idea aproximada de lo que va a ser el contenido. En este caso, confieso que en esa línea glamurosa connotativa me han pasado por la cabeza varios títulos, desde: Garzón, El Hombre que mató a Liberty Valance o Garzón, El Hombre de Hierro o El Hombre de las Pistolas de Oro o El Hombre de Moda, hasta Garzón, El Hombre Equipado, pasando por Garzón, Un Hombre para la Eternidad o Garzón, El Hombre Imposible. Incluso, Garzón, El Increíble Hombre Menguante, no hubiera estado mal.
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2010
Todos queremos a Ishi
Si de lo que se trata es de hablar de la grandeza del ser humano, yo aconsejo a mi lector que lea la vida de Ishi(1) (“Ishi, el último de su tribu“, de Theodora Kroeber).
Es suficiente con escribir “Ishi” en Google, para que toda una avalancha de información escrita y visual sobre este personaje, tanto en ingles como en español, nos abrume. Ocurriría lo mismo con cualquier otro nombre. Es bueno que haya tanta información pero, salvo que aceptemos que su objetivo final sea aquello que decía Ceronetti de “todos uniformados por la información”, hay que reconocer que tanta abundancia fatiga la vista, embota el juicio y termina por confundir a las neuronas.
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