Odo y yo estamos mirando su álbum de fotografías. En una, está Odo sentado y leyendo en la biblioteca del Centro Pompidou, en París. Le pregunto, ¿Odo, cómo llevas tus lecturas actuales? Ya sólo leo antes de dormir, para que me entre sueño, responde. Los libros y su lectura se habían convertido en un problema para mi, dice. Aquí, en mi casa, si me ponía cómodamente a leer, a poco de abrir el libro, empezaban los bostezos y el sopor. Si, para evitarlo, me colocaba en una posición menos cómoda, notaba cierto malestar y no podía concentrarme en la lectura. Hice un intento final por recuperar este buen hábito y recurrí a una biblioteca pública. Tampoco dio resultado. Se estaba tan a gusto allí, fresquito en verano y calentito en invierno que un sosiego como de eternidad bibliotecaria me invadía por completo y tanto si lo intentaba con un libro grande cómo si este era pequeño me dormía: con los grandes, apoyados en la mesa, daba cabezadas sobre ellos y los pequeños, que yo sostenía, se me caían de las manos, Y en ambos casos se reían los estudiantes que compartían mesa conmigo. Un mal ejemplo para ellos, lo reconozco.
Y luego, continúa Odo, está el tema de la vista: se cansa, aparece la miopía por no haber dado descanso a la vista y, finalmente, los libros terminan por dejarle a uno completamente ciego, como a Borges.
Pues, en Europa, y particularmente en España, se edita mucho y la gente cada día lee más, le digo a Odo. En Europa, responde Odo, y particularmente en España, somos capaces de hacer cualquier cosa, incluso quedarnos ciegos, con tal de seguir practicando la causa de nuestra ceguera, hasta ahí llega nuestro gusto individual por lo dañino. Y a propósito de esa foto mía en París, te diré que en aquellos años donde más se leía era en el metro. Todos los viajeros con su libro de la série noire en la mano, metidos en la piel del asesino, el atracador o el extorsionista. Tampoco faltaba la compañía de algún profesor de universidad que viajaba en metro para ahorrarse unos francos y que mientras leía a Condorcet o a Rousseau deploraba la notable inclinación de sus paisanos hacia la truculencia y el mal.
Esto de que la élite cultural oficialesca portadora del sentido, el llamado establishment académico, segregue a la masa “inculta” y que la masa, antes que reformarse, persevere orgullosamente en sus simplezas es un tema apasionante, como ya tuvo ocasión de comprobar Heidegger. Lo que sorprende en este asunto es la sistemática dejación de funciones de los que mantienen el status quo, el enmascaramiento de su propia responsabilidad tras los programas de enseñanza, al tiempo que se radicaliza su ordeno y mando, ya sin razones convincentes en que apoyarse. Es el precio que tienen que pagar(nos) por tomar al mundo entero por idiota. Y nosotros, mientras tanto, en un abotargamiento de hechizo y perseverando en la idiotez como única arma de defensa. ¿Te refieres Odo, en ambos casos. a nosotros los europeos?, le pregunto, sonriendo. Odo me devuelve la sonrisa y responde: Naturalmente, a quien si no me iba a referir. Ningún otro continente como Europa ha desarrollado una tan fervorosa vocación por el adoctrinamiento, un gusto tan mórbido por el pregón, un chachareo perpetuo, un visado universal de la palabra, un cultivo extensivo de todos los saberes y por tanto un acopio tan monstruoso de palabras y signos sintetizado todo en los libros y hoy en internet, que habría que preguntarse si no hemos sobrepasado ya ampliamente los límites de cualquier economía sostenible del verbo y la palabra y, realizado el trabajo, descendemos por la ladera del monte (como los técnicos de IBM en el cuento de Arthur C. Clarke), tan tranquilos, mientras a nuestra espalda las estrellas del firmamento se van apagando una a una.
Solo en Europa, continúa Odo, podía crecer y desarrollarse una especie que no absuelve sin confesión, tan celosa del puño cerrado como pródiga en refranes y chacotas: “No le regales el pez al indígena, enséñale a pescar”. Hacia Puerto Príncipe vuelan raudos nuestros aviones repletos de Manuales de pesca. El misterio es saber si hemos dejado algún pez vivo que se ajuste a las instrucciones del Manual.
Odo, le pregunto, ¿Estamos en febrero, has elegido ya tu disfraz de carnaval? Naturalmente, responde Odo y añade, este año voy a ir de Académico de la Lengua, letra O mayúscula.
Elías Alfonso
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