Por cierto, me dice Odo, hablando de Lotería y trabajo, ¿sabes que estoy pensando muy mucho en empadronarme en cualquiera de esos pueblos que pujan por alojar los residuos nucleares? Creo que puede ser una apuesta más segura que comprar todas las semanas el décimo sin que nunca me toque. No puedo creerlo de ti, Odo, le respondo. Pues créetelo, amigo mío, las ofertas del Gobierno son como las de Don Vito, pocas y cuando llegan no se pueden rechazar. Por otra parte, no olvides que, a diferencia de la Sociedad, privilegio de unos cuantos y sus códigos, el Gobierno somos todos los demás. Esta distinción sutil y fundamental, que no todo el mundo tiene clara, da lugar a los mayores desatinos, entre ellos a hablar mal del Gobierno, o sea, de nosotros mismos, activos ciudadanos y voluntariosos votantes. Nadie se pregunta de dónde han salido esos residuos nucleares que dan yuyu, porque todo el mundo lo sabe; ahora, de lo que se trata, realpolitik, es de adjudicárselos a alguien y eso es un Sí o Sí, es decir, un ultimatum. Y, sinceramente, puedes creerme, vaya todo mi reconocimiento para esos alcaldes y sus vecinos que con este gesto admirable nos redimen a todos. Y no dudes que en cuanto sepa la oferta monetaria del Gobierno, a cuánto van a tocar por cabeza, me compro un mono antirradiación y me uno a ellos.
Ya era hora, continúa Odo, de que la vida municipal se transformara en un acontecimiento y diera a sus ediles una relevancia plenamente justificada. Pues, salvo en el caso decimonónico de Andrés Torrejón, el ínclito Alcalde de Móstoles que en buena o mala hora se rebeló contra los franceses, la historia edilística y municipal española ha dado poco bueno que hablar. Dormitando este poder popular entre las componendas de intereses locales, el manejo en la sombra del cacique de turno (llamado The boss, por Max Weber) la inexistencia recaudatoria, el deterioro del municipio, la emigración y el despoblamiento, solo será con la llegada de la modernización y la democracia cuando aflore nuevamente la figura del alcalde “acreditado”. Su “crédito”, se ha sostenido (y sostiene) en la avidez recaudatoria en tasas e impuestos, el amancebamiento con el cargo para su promoción política y social y el afloramiento en el municipio de la corrupción generalizada. Y si aún quedara alguna Historia por escribir, este alcalde moderno pasaría a ella, menos por los beneficios aportados al municipio con su gestión y más por su protagonismo, de alcance mediático, en todo tipo de tribunales y por todo tipo de escándalos y corruptelas. Y mientras tanto, y siempre, esa vida triste en los pueblos, tan llena de melancolía, olvido y resentimiento.
En el caso de estos alcaldes y vecinos receptores de lo nuclear, yo quiero suponer que lo de dar trabajo y levantar el pueblo sólo es la coartada para hacerse con la concesión. Algo muy propio de personas astutas, inteligentes y desesperadas como son los pueblerinos. Pero yo quiero entender también que con esa buena disposición traman algo desafiante. Que muy bien podría ser: Todos estáis convencidos de que vamos a añadir otro cementerio fatal a nuestra vida de cementerio y que tanto nosotros como nuestros descendientes entonamos ya el Ave César, morituri te salutant. Pues bien, si eso ha de ser así, lo vamos a hacer ahora con todo el boato y la majestuosidad del mismísimo César.
Me intriga este asunto, Odo, le digo. Pues, yo lo tengo muy claro, responde Odo y continua: convendrás conmigo, no podía ser de otra forma, en que sin discriminación no hay “progreso“. Esto es de sentido común; y no hace falta haber leído a Baudrillard – aunque siempre hay que leerle – para comprobarlo en cualquier orden del vivir y del saber, especialmente en este último. Y no me refiero a esa discriminación tan elemental, pedestre y ordinaria de llamarle a uno negro. Pero, aún en este caso, a la hora de discriminar, nosotros los occidentales distinguimos entre un negro pobre y un negro rico, o un negro feo y un negro guapo. Un negro rico y guapo, o feo y rico, o simplemente guapo es como nosotros, pero en negro, cosa que al final siempre se le puede recordar si se pone chulito. Pero si el negro es feo y pobre como lo pudiera ser un aldeano de los nuestros, mal asunto. Pobrecillo, diremos. Y sin acercarnos mucho a él, le daremos sopa y cobijo. Pasado un tiempo, el negro pobre y feo, bien sea realizando algún trabajo negro o simplemente pidiendo en la calle, reúne algunas monedas. ¿Sabes el ejemplo que nos va a dar el pobre negro con esas monedas, cómo va a pagar con su conducta nuestra humilde dedicación samaritana? Yo te lo voy a decir: ¡comprándose un chándal Nike!
El modelo y el comportamiento de este negro lujoso, apátrida, insensato y derrochón sobre el que van a caer todas las condenas morales y racionales del homo economicus europeo será la primera piedra con la que, retomando las palabras de San Pedro, yo quisiera edificar mi Iglesia. Mi Iglesia ATC nuclear, para que nos entendamos todos.
¡Alucinante, Odo!, le digo.
Tú lo sabes igual que yo, ataca nuevamente Odo, que en Europa ya no existen las necesidades básicas, todos comemos, bebemos y follamos a discreción, pese a lo cual una patulea bien nutrida también de asociaciones de consumidores, con una moralina demodé, nos aconseja mesura y raciocinio en los comportamientos consumistas, Pues bien, si el consumo es nuestro desahogo, y lo que se consumen son los signos, la aureola de una clase privilegiada, hagamos también de él nuestra arma. Acabemos definitivamente con la discriminación en el consumo en igual medida que este valeroso grupo de alcaldes y sus no menos heroicos vecinos van a asumir, consumiéndolo ellos solos, el peligro generado por todos. ¡Gloria eterna para ellos!
¡Me tienes es ascuas, Odo! ¿A dónde quieres llegar?
Muy sencillo, responde Odo. Lo primero es recibir la pasta del Gobierno. Una cantidad razonable para empezar serían, por ejemplo, cinco millones de euros por cabeza o por vecino y medio millón más para el alcalde, por lo de la jerarquía. Luego, puesto que hemos de ponernos el mono radiactivo y devenir en gestores del Apocalipsis, que no sea un mono cualquiera, no el que más nos proteja de la radiación, sino el mejor, el más espectacular y lujoso; un mono de firma y que tenga esa lamparita de la cabeza tipo minero o espeleólogo de oro macizo ( recordemos al inolvidable Oscar Wilde: Dadme los lujos de la vida que de las necesidades puedo prescindir.). Coches, allí no vamos a necesitar (una pena no poder disfrutar de un buen Studebaker del 47) porque nuestro hermanamiento con la ATC requiere un servicio permanente; pero en todo lo demás, a discreción: la tecnología punta del entretenimiento a nuestro servicio; para vestirnos y perfumarnos nosotros y nuestras mujeres, lo último de Tommy Hilfiger, Polo Ralf Lauren, Calvin Klein, Hugo Boss, Atkinsons, Clinique, Donna Karan New York, Van Cleef & Arpels, Carolina Herrera, Diesel, etc., todo americano, a ver si al mismo tiempo conseguimos arruinar definitivamente al ridículo y acobardado empresario europeo. Llegamos a casa, nuestra mujer nos espera. Al quitamos el mono lujoso radiactivo, ella nos dice: ¿Cariño, adivina qué es lo que llevo hoy debajo? Tienes tantos modelos de firma, que no se. Hoy voy de Victoria´s Secret, responde. Maravilloso. Nuestros hijos, se acabó el estudio, todos de Naf-Naf, jugando al béisbol. Encantadores. A la hora de comer: un buen chuletón de Arkansas, agua mineral de Filadelfia, vino de California, dulcería de Oregón y una buena copa de Bourbon de Kentucky.
Y así todos los días. Mientras el ATC resista, nosotros resistiremos. Y cuando se acaben los millones, solicitaremos más y si no nos los conceden y nos tildan como al negrito de derrochones, ¿sabes lo que vamos a hacer? Abandonaremos el ATC a su suerte y a quien Dios se la de San Pedro se la bendiga. Nosotros, que somos de pueblo y astutos, habremos reservado antes una pequeña cantidad de dinero para una operación de cirugía estética. ¿Para qué, te estarás preguntando? Respuesta simple y lógica: para ocupar algún pueblo abandonado y solicitar que nos concedan ser guardianes de otro ATC. Yo te aseguro que no nos van a faltar.
¡De verdad, serías capaz de apuntarte y hacer todo esto, Odo!
Depende de a cuanto suba la oferta monetaria del Gobierno, responde con un aplomo deslumbrante mi amigo Odo.
Elías Alfonso
Leave a Comment