Odo, si he entendido bien, todo el asunto del sexo y la energía motora confluyen en el trabajo, ¿es el trabajo, pregunto, el verdadero problema del hombre? Del hombre europeo, matiza Odo. y continúa, efectivamente, es lo que nos enerva. Pero no exactamente el trabajo, tan deslocalizado hoy como las mismas fábricas, sino el término, el concepto de trabajo.

En la vieja Europa cultural nadie quiere trabajar y nadie trabaja. Todos deseamos ser declarados especie protegida, o de interés turístico nacional o continental, o mejor aún, Patrimonio de la Humanidad, como los monumentos o las reliquias en descomposición; formar parte de algún Comité de Sabios, un Claustro de Profesores, un Tribunal de la Teoría, un Comisariado de la Cultura, o un modesto Presidente de escalera. ¡Qué nos etiqueten con algo, para no hacer nada! ¡Odo, declarado Patrimonio Universal! Porque somos viejos de la vieja Europa y es tal nuestra desfiguración identitaria, estamos tan desdibujados en pequeños croquis nacionales, somos tan astutamente mediocres, tan poca cosa global y sin embargo tan belicosillos, que es suficiente con el asesinato en Sarajevo de un redomado zángano como era el príncipe Francisco Fernando de Austria para llevarnos a la Primera Guerra Mundial, o el rapto por los franceses de otro redomado zángano como Fernando VII para desencadenar nuestra Guerra de la Independencia. Todo, en solidaridad zángana.
Estas guerras continentales: la de los Cien Años, la de los Treinta, las Napoleónicas, las Santas, la Primera, la Segunda, todas realizadas a imagen y semejanza de nuestra eterna holgazanería, de nuestra disminuida vitalidad y nuestro espíritu de pequeños comerciantes. Matándonos en el frente y en la retaguardia sin gloria y sin contemplaciones por un pequeño margen comercial, como decía Céline. Sin el desembarco en Normandía, habríamos vuelto otra vez a las catacumbas de Roma, a conspirar y vegetar que es lo que más nos gusta. Ahora mismo, con la desgracia en Haití, estamos todos conspirando a ver quien hace menos por aquella pobre gente, al tiempo que nos preguntamos, con nuestra habitual sospecha, que pintan allí tantos militares norteamericanos sin nosotros. ¿Estaremos esperando a que el gran Comité Europeo de Sabios Sísmicos amplíe sus competencias no solo a predecir el hic et nunc de los terremotos y sus desgracias (peccata minuta), sino, tarea de Dioses, a diagnosticar con precisión y acabar definitivamente con todas las desgracias? En ese caso, habría que darles tiempo y un amplio margen de confianza. Para emergencias imprevistas ya están los americanos.

Mal panorama me estas pintando, Odo, le digo. Y mi amigo responde: Es lo que se va a encontrar el recién nacido europeo, el nuevo motor de energía que, curiosamente, y esto representa una novedad respecto a los antiguos periodos de energía del trabajo guerrillera, ya no será un picapedrero enérgico, sino un pen driver cerebral, cuya capacidad energética vendrá determinada por el número de gigabytes almacenados, todo lo cual puede librarle de la Historia como hecho real vivido, pero no del espíritu científico (historiadores, sociólogos, psicólogos, políticos, matemáticos, etc.,), inagotable fuente doctrinal y nueva colonización terrestre en forma de tumor (cerebral), tanto más feroz cuanto más deprimentes y negativos han demostrado ser sus métodos. Las turbas del saber, las complicidades pedagógicas al timón de una nave sin tempestades ni arrecifes, sin oposición. Lo memorizaremos todo, lo comunicaremos todo y lo diremos todo, pero no como esos personajes de Samuel Becket que hablan y hablan continuamente rumiando futilidades en una espera sin objeto, no, para impedir eso están ellos: hay que racionalizar, dosificar y administrar la nada, lo ya inexistente, las pesadillas de siempre, pero con método. A los nuevos niños haitianos no les diremos: Agarráos bien a la teta americana y no la soltéis, succionad con fuerza; renunciad a vuestros padres haitianos, a vuestra identidad haitiana, a vuestro pequeño país miserable haitiano y aprended sólo tres palabras: European Go Home. No, todo esto no se lo diremos. Llegaremos allí bajo mandato de la ONU, entre los escombros, a la primera cabeza que se asoma: ¿ A ver niño, aquí dónde se come? Todo el parasitismo político, burocrático y consensual de la vieja casta ilustrada europea con su inseparable tripulación de pedagogos y enseñantes a la caza del último niño haitiano: Aquí, en este páramo, cuando los militares hayan retirado ese amasijo de cadáveres, vamos a edificar una escuela, será la escuela Jean Monnet. Y en aquél cerro que se ve a lo lejos, un Planetarium, para integraros al fin en una dimensión cósmica.

Odo, le pregunto, ¿es cierto que en veinte años no has olvidado una sola semana comprar tu décimo de Lotería? Lo es, responde Odo.

Elías Alfonso