Habla Odo: Y para despejar las pocas dudas que pudieran quedarte sobre mis modus vivendi y operandi sexual (que son la misma cosa), te diré, volviendo a Andy Warhol que, “Después del hecho de vivir, el trabajo más duro es el del sexo”. Ambas cosas, trabajo y sexo, se reducen a un problema de energía personal. En realidad, la vida entera se reduce a un problema de energía personal. Y al igual que ocurría con mi innovadora tesis sobre las familias criminal e inocente, la actitud ante el sexo también es dual. De una parte están quienes ganan energía practicando sexo (y viviendo y trabajando), y de otra quienes pierden energía haciendo cada una de estas tres cosas. Pero, a diferencia de lo que ocurría con la familia criminal que nunca pensó en convertirse en una familia inocente, quienes ganan energía practicando sexo (y viviendo y trabajando), sí sueñan, por envidia y porque lo quieren todo, con devenir en perdedores de energía haciendo estas tres cosas. Como esto no es posible – el ansia de dominio es incompatible con la pérdida de energía -, utilizan todas sus artimañas en convencernos, por las malas (antes) o por la buenas (hoy), de la utilidad de su sistema ganador de energía. Y cuando lo han conseguido, ya nos tienen a todos viviendo, trabajando y follando à volonté “para vivir mejor” hasta hacer nuestra vida y la de ellos (así nos vengamos), absolutamente insoportable. En este desenlace penosísimo se resume de forma práctica, amigo mío, toda nuestra mitología en torno a lo sexual.

En el origen, antes del desengaño final, continúa Odo, tenemos a un bebé recién nacido (*)

Sale del vientre de la mamá rosadito, tumefacto, moviendo sus pequeñas extremidades y gritando como un poseso. Alguien de los que asisten al parto – el doctor, su padre u otra persona autorizada – nos tranquiliza sobre los aspavientos y alaridos del niño: “Es la energía motora” Y desde ese momento, el misterioso concepto de “energía motora” será su primer bautísmo verbal y la condición imprescindible que convertirá al nouveau-né en un futuro motor de energía.

¿Pero tú crees, me pregunta Odo, que el niño grita ya de alegría motora al hacer la entrada en su nueva vida motorizada? De ser así, ¿no sería más lógico que el bebé saliera del útero de su mamá con una sonrisa de oreja a oreja? No me respondas, que no hace falta, dice Odo y continúa, pues yo, Odo, me aventuro a lanzar la hipótesis, que también considero novedosa, de que el niño (o la niña, porque si el género nos separa, la energía nos iguala a todos) se dilata, se contrae y grita de espanto al encontrarse por primera vez en su vida con el doctor, su padre, u otra persona autorizada, una de las cuales, como un Judas, le va a etiquetar para sus restos como “motor energético”. Una calificación, seamos claros, desalentadora y de lo menos edificante como reclamo para venir al mundo. Y es indignante en nuestros días que tanto Unicef, Save the Childen y otras infinitas asociaciones salvadoras de infancias no hayan depurado de su léxico y condenado para siempre estas dos palabras tan degradantes para la condición infantil y humana en general como son: energía motora.
Y luego está ese entusiasmo o esa secreta satisfacción de los asistentes al parto mientras la pobre criatura se desgañita ante el hecho consumado, ¿le había preguntado alguien si quería venir a este mundo para ser energía motora?

Si yo volviera a nacer, continúa Odo elevando el tono de voz, ¿sabes cómo lo haría? ¡Como el monstruo de Alien! ¡Saltaría desde el útero de mi madre directamente a la yugular del ginecólogo, seccionándole de un bocado mortal todas las vísceras y arterias! ¡Que manara la sangre de su cuello a borbotones como si lo hiciera de una manguera de riego! ¡A continuación, me volvería, y con mi cola de aguijón les perforaría en dos picotazos profundos ambos pulmones a mi padre y a la persona autorizada! ¡Que brotara la sangre de los dos y cayera al suelo de la clínica como una catarata! ¡A ver si de unas vez por todas miraban más por sus pulmones que por las dos inmundas palabras!

¡Ya vale Odo, le interrumpo, que me estas poniendo mal cuerpo!
Tienes razón, responde Odo. ¿Un cigarrito para relajarnos?, pregunta Odo, y completa…americano, naturalmente.
Ok, respondo.

(*) En el film Adaptatión. El ladrón de orquideas. (2002), de Spike Jonze, hay un nacimiento en las primeras imágenes y más cosas después. Jonze, es un nuevo cineasta interesante ¡Y otra vez, en este caso del cine norteamericano, recibiendo lecciones de algo tan viejo como el sexo en la vieja Europa!

Elías Alfonso