París (y 18)

En el distrito V (Barrio Latino), entre el boulevard Saint Michel y el edificio de la Sorbona, no muy alejado de “Pasdeloup”, en el 14 rue de la Sorbonne se encontraba el Hotel Gerson. En este hotel de una estrella, cuatro plantas y veinticinco habitaciones, trabajando como recepcionista de noche (“concierge de nuit”), pasaría mis tres últimos años en París.
Entraba a las nueve de la noche y salía a la una de la madrugada, justo para tomar el último metro. En verano, aunque había distancia, yo prefería hacer andando el trayecto de vuelta a mi domicilio. Y así, con las calles desiertas y un silencio apenas alterado por el gruñido de algún clochard dormitando en la acera, me colocaba los auriculares del transistor, subía hasta el cruce con la rue Cujas y enseguida estaba en la Place du Panthéon. Mientras Elthon John atacaba su “Sorry seems to be…” yo avanzaba rodeando el glorioso edificio y ante la famosa inscripción: Aux grands hommes la patrie reconnaissante me detenía, hacía una pequeña genuflexión burlesca de saludo y proseguía mi caminata entrando en la rue Mouffetard al tiempo que Elthon John se preguntaba: “¿Qué tengo que hacer para que me ames?”

Al frente del hotel, como no podía ser de otra manera, se encontraba una viuda, madame Hilleret, que era monárquica, miope, beata, sonámbula y artista. Vivía también en el hotel, en la planta baja. A mí me llamaba Heli, decía que era la traducción de mi nombre al francés, y todos los días me hacía la misma pregunta: que si me gustaba mi Rey Juan Carlos. Me gusta mucho, madame, respondía yo. Ella añadía, rematando: “Ah, est-ce qu`il est bon ce roi mon Dieu!” Lo de la pregunta venia porque al camarada (Fernando) que me había pasado este trabajo le preguntaba lo mismo y el respondía: Madame, el Rey Juan Carlos es tan facha cono Franco, y se reía diciéndolo, cosa que a madame le hacía aún menos gracia. Esta contestación mía tan convenida se la daba a veces a madame mientras sentado en el bureau hojeaba el “Vanguardia obrera” de mi partido en el que los calificativos sobre el Rey iban de “pelele” para arriba. Pero madame tenía bien poca curiosidad por mis asuntos particulares.

La clientela del hotel se componía básicamente de suecos. Un acuerdo con los Tour Operators permitía la llegada semanal de una remesa de estos que a la semana siguiente era reemplazada por otra. Como los suecos venían a lo barato, las atenciones que recibían en el hotel eran equivalentes. Francés no hablaba casi ninguno; inglés, sí. Pero madame, que hablaba un buen inglés, ante cualquier conflicto o reclamación, salvo que afectara a sus intereses, se hacía también la sueca lo que no impedía que en ocasiones se organizaba un guirigay por la limpieza de las habitaciones, asunto que madame zanjaba rápidamente recordando a sus clientes los suecos que aquello no era un hotel de cinco estrellas.
La beatería de la sra, Hilleret no tenía límites. De día, sobre el minúsculo mostrador del también minúsculo bureau de recepción que yo ocupaba colocaba una enorme reproducción en escayola de Notre Dame des Miracles, era la virgen diurna. Cuando yo llegaba, a las nueve, esta virgen diurna era reemplazada por la nocturna: otra colosal reproducción en este caso de Sainte Geneviève. Los suecos se detenían ante las vírgenes, observaban un momento y luego subían las escaleras partiéndose de risa.

Sobre las diez de la noche madame se despedía retirándose a dormir. Pero, más de una vez, la primera con el correspondiente susto para mi, apenas transcurrida una hora, se abría la puerta de su salita y como una aparición, allí estaba madame Hilleret, con la mirada perdida, el pelo alborotado y un ridículo camisón de dormir floreado, para preguntarme qué hora era.

La única visita que recibía la sra. Hilleret era la de un viejo amigo cura. Juntos charlaban un rato en la salita al tiempo que tomaban té con pastas. El cura le traía carteles de exposiciones de actualidad en los museos de París, siempre de temática religiosa. Algunos de estos carteles los colocaba posteriormente ella en recepción. Una noche me encontré con una esplendida reproducción de “La Inmaculada Concepción” de Francisco de Zurbarán que anunciaba una exposición antológica del pintor en el Grand Palais. Sobre el cartel, a pie de la imagen y escrito a bolígrafo con una letra que yo conocía perfectamente aparecía la siguiente dedicatoria: “Francisco de Zurbarán à Madame Hilleret”.

Como ya llevaba tiempo y había confianza, la sra. Hilleret me pidió si podía hacerle un favor- algo que, por lo que contaré después, sólo hacía ella- y al momento apareció con un paraguas viejo con algunas varillas rotas, una caja de cartón alargada, cinta adhesiva y unas tijeras. Se trataba de empaquetar el paraguas en la caja y bajarlo a un sótano cuya existencia yo ignoraba. Me dejó las llaves y me enseño la puerta diciéndome que lo dejara detrás de la misma que ya lo colocaría ella al día siguiente.
Algunas noches después, el favor consistía en hacer lo mismo pero con una pequeña alfombra vieja y raída. Esta vez no me limité a cumplir fielmente sus órdenes sino que continúe bajando los escalones del sótano y al encender la luz apareció una nave con estanterías del suelo al techo en las que a la manera de nichos empotrados yacían en cantidad todo tipo de paquetes, algunos ocultos por el polvo.
Y así continuaron los favores esporádicos hasta que, decidido a regresar definitivamente a España, llegó la última noche de trabajo en el hotel. Como ya disponía de las llaves del sótano de manera estable, tras despedirse madame Hilleret de mí y acostarse, bajé por última vez las escaleras del sótano dispuesto a aclarar el misterio de las cajas apiladas en las estanterías.
Empecé por las aparentemente más antiguas y polvorientas. Con un cuter fui haciendo cortes y un muestrario de inutilidades variopintas me dejó estupefacto: una funda de mesa camilla descolorida y agujereada, una sombrilla de lámpara amarillenta y veteada de manchurrones, el pomo de una puerta totalmente ennegrecido, zapatos de señora con el tacón roto, marcos viejos sin cristal sin imagen y sin ningún valor, bolsos de tela, paraguas rotos, diferentes tipos de felpudo desgarrados y viejos, papeleras de plástico medio quemadas, un flexo vetusto y sin cable…Y todo ello, cuidadosamente encerrado en sus respectivas cajas de cartón y empotrado en las estanterías.
Dicen que el artista dadá Bernard Réquichot creaba sus famosos “Reliquaires” con colillas y todo tipo de desechos que se encontraba por la calle. Madame Hilleret también tenía alma de artista, pero la fama le interesaba bien poco.

En el FRAP ya se había iniciado la desbandada, incluyendo las intimidaciones y advertencias hacia los desertores que amenazaban con crear otros partidos. Un ambiente políticamente ridículo (si cabe otra denominación para lo político) campaba a sus anchas por París, premonición de lo que en los años próximos se conocería en España como “el desencanto”.
Y como hay que vivirlo todo a fondo de la manera más carnavalesca posible como decía Jarry, un nuevo ismo pacato, regresivo y sin brillo, sucedería a los anteriores: el provincianismoE.
Dejé París en el otoño de 1979 y mientras el tren recorría la esplendorosa campiña francesa, bajo un cielo azul artístico, un nubarrón aislado me anunció que nunca más volvería a esa ciudad. Y así ha sido.

Elías Alfonso