Paris (17)

El tratamiento desenfadado, incluso si se quiere un tanto pasota, con el que he descrito las relaciones entre militantes de base del FRAP entre sí, y con sus dirigentes (véase “Paris 3”), sólo eran así en el periodo de introducción a la causa, de iniciación a la doctrina.

A medida que se progresaba en conocimientos y compromiso se empezaba a ser consciente de que todas esas reuniones, actos y mítines no eran un juego sin consecuencias y perseguían un objetivo final, que coincidía con los principios de acción violenta (ruptura) inspiradores de la naturaleza del Partido. Se trataba, por parte de nuestros dirigentes, de ir valorando y seleccionando entre los diferentes elementos de cada cédula a los más centrados, serios y al mismo tiempo osados y comprometidos con la causa. Y el destino final de los elegidos era el retorno a España para realizar allí la misión encomendada por el Partido. Condición esencial del militante enviado al interior era no estar fichado por la policía española. Por tanto, y dado que también había policía secreta española en París, realizada la elección, las personas designadas iban desapareciendo discretamente de actos públicos o mítines y su preparación se completaba en secreto entre los comités dirigentes. Así ocurría que, de pronto, dejabas de ver en las reuniones de célula a camaradas cuyo grado de madurez no se diferenciaba gran cosa del resto de nosotros. Es más, en mi opinión, estos elegidos/as eran los más crédulos e inocentes.

Y aunque todo se daba por bien empleado por la “causa”, cierta tristeza invadía a nuestro pequeño grupo cuando sabías que a esa persona con la que habías compartido tantos momentos de complicidad exultante ya no volverías a verla.

Y por fin se murió Franco. Y lo cierto es que la noticia no sorprendió a nadie. Hacía tiempo que duraba la agonía de aquel ser ya insignificante y su muerte apenas si fue celebrada entre la resistencia exiliada en París. Se estaba ya en otra cosa. Hacía tiempo que se estaba en otra cosa, tal vez desde antes de mi llegada a París. Pero de todo esto sólo fuimos conscientes más tarde.
Franco y el franquismo nos unio a todos, pero era una causa fracasada y caduca. El capital, sin enemigo localizado, campaba ya a sus anchas desde hacía tiempo, y lo que es peor, ni siquiera el propio capital era ya el capital. Un entramado de micropoderes hábilmente urdido por las clases políticas (siempre prestas a gestionar lo que sea) cristalizaría en la unidad ante los violentos, la reconciliación nacional, la democracia y la vocación europea.

Todo esto equivalía a un cambio cualitativo en las relaciones de poder, a la consolidación definitiva de un sistema de control generalizado en nuestras sociedades occidentales y a la sensación para los que habíamos creído en la utopía de que habíamos pasado unos años de nuestra vida haciendo el indio.

Elías Alfonso