París (9)

Sin duda que el gran espectáculo de aquellos años en París (aparte del de la Universidad, ya llegaremos) estaba en los mítines que se celebraban en la Salle Mutualité de la rue Saint Victor. La efervescencia política de todos los exiliados del mundo era total y la Salle (Sala) tenía cubierta la reserva anticipada para todos los días del año.

De nosotros (los del FRAP), se decía que éramos un partido radical minoritario compuesto básicamente de intelectuales idealistas totalmente alejados de la realidad. Y estos juicios críticos – siempre vertidos por el PCE – tenían su prueba de fuego en la capacidad movilizadota ante las masas. En contadas ocasiones conseguimos nosotros llenar el aforo de la Sala. En cambio el PCE la llenaba siempre, eso sí, incluida la presencia de alguno de nosotros, infiltrados, para en medio del acto llamarles traidores y a continuación ser expulsados a mamporros por su Servicio de orden. De esa manera tan expeditiva se conservaban ellos en la realidad.

A propósito del contenido de esa realidad, recuerdo haber presenciado como asistente infiltrado en un mitin del PCE, una de sus manifestaciones más explícitas y a la vez increíbles.
Cerraba el mitin la actuación de la cantautora argentina Mercedes Sosa. La Sala estaba repleta: porteros de escalera con su familia, obreros de la Renault, de la Citröen, du batiment (albañiles), operarios de cualquier cosa, peones, mineros de Alsacia y Lorena, chômeurs (parados), repartidores de propaganda (buzoneo), más operarios, algún estudiante en Vincennes, los que se saludaban (“Ça va?”) en Ruedo Ibérico, vendimiadores y campesinos“avec le permis du patron”, chicas “au pair”, vigilantes de seguridad, clochares españoles (los había), mutilados de la Resistencia condecorados, etc, etc… Todos estos que acabo de nombrar, en un momento que ni el propio Étienne de la Boétie hubiera podido imaginar en la práctica, cantando a grito pelao con Mercedes Sosa el “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”
¡Amig@s, alucinante! ¡Y se ponían en pie! ¡Y se abrazaban! Y Mercedes Sosa, feliz, atacaba de nuevo:”¡Gracias a la vida…!” Y ellos: “¡…que me ha dado tanto!” ¡Y Mercedes Sosa, en solo: “¡Gracias a la vida…!” Y ellos, a coro: “¡¡Que me ha dado tanto…!!
Presenciando aquello y recordando al parisino esquiando en Los Alpes quedé tan trastornado y confuso que no les llamé ni traidores, porque ya no sabía a quién llamárselo.

En la puerta de la Salle Mutualité siempre contábamos con un grupo de apoyo para cuando nos expulsaban del mitin soltarle también algún mamporro al Servicio de orden del PCE.
Salí del acto con todos, que ahora entonaban el “¡Arriba parias de la tierra…!” y mis compañeros acudieron preocupadísimos porque al no salir antes pensaban que me habían matado dentro.
“¿Qué ha pasado?” “Nada, dije yo, hoy es que estaban todos muy contentos.” “Hombre, añadió uno, hasta cierto punto es comprensible, habida cuenta de lo mal que lo están pasando los que viven en España”.

Elías Alfonso