Jesús de Nazaret: “No vayáis a pensar que yo he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz sino guerra”.
El Evangelio según San Mateo (1964), Pier Paolo Pasolini
Dice Jean Baudrillard que ya no estamos en una sociedad que nos aleja, que nuestra maldición, al contrario, es estar demasiado próximos. ¿Qué hacer entonces para liberarnos de esa atracción fatal y acabar definitivamente con la maldición? ¿Pegarle un tiro al que tenemos enfrente como hizo Pascual Duarte con su madre o hacía el sheriff Nick Corey (Pop 1280) con cualquier tipo molesto o el Cobrador con los señoritingos? ¿Aplicar el método “amistoso” del pintor Francis Bacon (“Siempre he concebido la amistad como una situación en la que dos personas realmente se destrozan y quizá de ese modo aprendan algo una de otra”)?
En Occidente, cultura individualizada, lamerona y catacaldos, la muerte es un problema. Nadie se quiere morir. Y sin embargo, se hace de forma lamentable, apocalíptica, tanto de manera colectiva en los accidentes, como de forma individual. En esta última, a los cuatro días del óbito no queda ni rastro de la memoria o los objetos personales del difunto. Por poner un ejemplo, cualquier fotografía suya, si el marco vale la pena, será automáticamente sustituida por un poster de Monet . Así, a diferencia de esas culturas que conservan los recuerdos del difunto en forma de objetos o enseñanzas haciendo que de alguna manera este siga viviendo, aquí no sobrevive ni el gato. Y este ciclo interminable de la triple desaparición, virtual, temporal y física, se reanuda en cada nueva generación, consciente, porque tonto ya no nace nadie, del final que les espera. En estas condiciones rigor mortis, aplicables tanto a los que son felices en vida como a los que no, sobran los diagnósticos tipo Sigmund Freud (El malestar en la cultura), o el apretujarse unos a otros en las grandes urbes huyendo de ese exilio individual mortífero a que se condenaba a traidores, malvados y leprosos en la antigüedad.
Joseph Conrad, cuya indiscutible pericia en el tratamiento novelístico del exterminio pasado y futuro ha dado al cine obras maestras como Alien o Apocalysse Now y cuya frase “Vivimos como soñamos, solos“ figura en el emblema de todos los solipsistas, tiene también una novela “contenida“, Los Duelistas, cuyos personajes (dos oficiales del ejército francés) en cuanto se aproximan uno a otro juegan con la muerte en un duelo interminable sin motivo, sin fin y sin muerte. Esta “muerte” de mentirijillas, ilusionante y juguetona retratada por Conrad es la que gusta en Occidente (“Muero porque no muero“, decía, jocosamente supongo, Sta. Teresa de Ávila).
Y efectivamente, aquí al hecho grave de vivir comprimidos, sin gloria y sin esperanza hay que añadir el hecho aún más grave de traer infelices al mundo para someterlos a idénticas finalidades.
Este tema de la aproximación por exceso y la muerte lo resolvían algunos grupos o culturas primitivas con una radicalidad gozosa sacrificando (se) los que eran considerados una amenaza para la supervivencia del grupo o cultura.
En el film El río y la muerte (1955, Luis Buñuel), al tuntún de hacer una crítica sobre el atraso, el odio y la venganza que impiden todo progreso, lo que también hace sin proponérselo (pero nunca se sabe conociendo a Buñuel) es presentarnos un nuevo método (parecido al utilizado por Pascual, Nick y el Cobrador) francamente estimulante para resolver en nuestros días estos problemas derivados del exceso de aproximación.
Los hechos transcurren en un pueblecito mejicano. Por una causa inicial insignificante (unas vacas que pastan en terreno ajeno: tal vez les faltaba también espacio en el suyo) se establece un ritual de venganzas familiares a través de las distintas generaciones que, puesto que son llevadas a cabo entre hombres, hacen temible nacer varón. En este reino de la violencia y la muerte en que se convierte el pueblo, cada vez más despoblado (de hombres), no falta también la glorificación de la propia muerte en forma de imágenes y procesiones. El odio familiar vengativo curiosamente aumenta en proporción al nivel de sofisticación del instrumento ejecutor. De la elemental y rústica navaja trapera con que es ejecutado el primer varón se pasa al revolver último modelo. A un lugareño con pinta de pobre pero ansioso de matar se le ofrece un lindo caballo si renuncia a comprar una pistola. No lo hace e invierte toda su escasa fortuna en el revolver.
Este fervor pueblerino por la muerte y las armas, que evidentemente yo en buen occidental nunca voy a recomendar y creo que Baudrillard tampoco, no deja de ser otra opción separadora por therminator homo exportable al medio urbano, opción que, de paso, aliviaría del zote correspondiente a tantas buenas mujeres. Pero poco importa si yo la recomiendo o no, la propia saturación humana del espacio en las grandes urbes unida a la posibilidad de utilizar la infinita gama de artefactos técnicos como medio de destrucción y la sensación de fracaso que anida en el corazón de cada occidental dejan abiertas todas las opciones.
Elías Alfonso


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