Si ya no te fías de los libros ni del Festival de Cine Independiente de Sundance, ¿qué decir de los documentales que ponen en la tele? En la mayor parte de ellos, la naturaleza y el reino animal tienen un papel protagonista. Y todo, porque en el reino humano se ha producido una especie de dejación de funciones, un laissez faire perfectamente acomodado a la naturaleza consensual, cómplice, virtual y vacua del principio de realidad del individuo, que es tanto como decir de su Poder real. Está todo tan enrarecido que si el gran Raoul Walsh resucitara, dirigiría un esplendido remake cambiando ligeramente el título: “Murieron con la nómina puesta”.

A la espera de lo peor, que esperemos nunca llegue, yo, entre nómina y nómina, me entretengo mucho viendo esos documentales sobre la naturaleza. Mis preferidos son también los de animales.
La fauna australiana y sus marsupiales, todos con ese aire maternal y soñador, me apasiona: el Perezoso, que es capaz de dormir veintidós horas seguidas; el simpático Wombat; la mamá Canguro con su bebé en el marsupio; el Oposum con su naricita roja… Pero, entre todos los marsupiales, mi favorito, como algunos de mis lectores habrán adivinado, es el Diablo de Tasmania. Este pequeño asesino me tiene enamorado. A las pocas semanas de nacer, estos bebés-demonietes chillan y muerden a sus hermanos con un entusiasmo ya propio de la selva. En adelante, toda su posesión, su dominio, girará en torno al mordisco.
Pero no es esta idea del mordisco selvático (mal menor) la que intentan transmitirnos los documentales que con cámaras y tecnología high performance se filman hoy sobre el reino animal.

Ahora mismo estoy viendo un documental sobre los ciervos y antes he visto uno sobre monos asiáticos y ayer otro sobre el jaguar africano. En todos los casos, el movimiento de la imagen, lo que se ve, obedece a lo que el narrador dice. Por ejemplo si se habla de que el mono, el ciervo y el jaguar marcan su territorio, tienen un jefe de rebaño o de clan que disfruta mientras es jefe de los favores sexuales exclusivos de todas las hembras, las imágenes lo demuestran; es decir, muestran el poder del jefe al tiempo que el dominio del clan o rebaño sobre todo lo que ellos consideran su territorio. Pero, ¡oh sorpresa!, si colocamos el volumen de la tele en off, las imágenes por si mismas nos presentas una serie de planos y escenas en los cuales y a pesar de la evidente intencionalidad fílmica, es imposible deducir un discurso creíble de que efectivamente en ese espacio abierto selvático el animal fije unos límites o haya un jefe recalcitrante que arriesgue su vida a cada segundo frente a sus rivales por disfrutar del privilegio de las hembras que, dicho sea de paso, debe resultar tan tortuoso e insoportable de mantener para el macho-jefe animal como para el propietario humano de un harem. Luego, el discurso del narrador es el que fija y unifica, el que da sentido a toda esa inestabilidad, a ese nomadismo o vagabundeo incesante del animal en la selva. Esa pretendida asignación del animal a un comportamiento y a un espacio estable, controlado, con exclusión del mordisco imprevisible, no está muy alejada del comportamiento humano en general. Pero, el tratamiento del animal en este tipo de reportajes, llamémosle naturalista, aparte de falsear con la tecnología o el discurso, de ofrecer una visión del poder animal similar al humano – y por eso mismo – ya no existe, ha caducado.

Y es así, básicamente porque todo esto conlleva un compromiso, una responsabilidad, una dimensión trágica que evidentemente el animal tampoco está dispuesto a asumir. No le faltaba otra cosa al pobre animal que añadir al martirio de haber sido creado por Dios en la selva, el martirio de ser educado por los hombres en la tele sin salir de la selva. Y luego, hay que contar con el beneficio que obtienen los animales por estas filmaciones. ¿Dónde están los derechos de imagen del animal? Nada de nada. En el mejor de los casos, algún apadrinamiento del oso asturiano o de la foca ártica, pero ¿y a la humilde víbora española, a la serpiente de cascabel en Utah o al caimán del Nilo, quien los apadrina?
Desde la creación del homo erectus todos los animales nos la tienen jurada. Se la tienen jurada al secesionista homo erectus, al charlatán Darwin, a la selva, a los antropólogos y documentalistas y al propio Dios como responsable máximo de todo esto.

Entre todos los intentos de protagonizar a los animales, de mostrar su poder y su seducción a través de la imagen, vale la pena destacar el innovador trabajo realizado por Félix Rodríguez de la Fuente, más conocido en España como “El Amigo de los Animales”. Tras su muerte, toda la inteligentsia ecologista reconoce y alaba su papel de pionero en la defensa de los ecosistemas y de los animales en general, como si aún existiera alguien capaz de declarase enemigo de los animales, de los ecosistemas o de los pobres. No reside aquí, pues, su mejor aportación.
Lo cierto es que hay un antes y un después de Félix en la misma medida que que hay un antes y un después de Guy Debord (recuérdese “La Sociedad del Espectáculo”). Porque, con Félix el animal salta definitivamente al estrellato de los media. Y si algún mérito tiene Félix es precisamente el de haber liberado al reino animal de sus cadenas naturalistas (tan caras al ecologismo) y de su afición incurable al mordisco sangriento equiparándole con ello definitivamente al reino humano. Fusión de reinos, pues.
Se ignora si Rodríguez de la Fuente asistió a las clases del Actors Studio que impartía Lee Strasberg , pero lo que es seguro es que los animales de Félix tenían algo especial: sabían actuar. Y es que, ocupada y sitiada la naturaleza salvaje por la presencia humana, violados y finiquitados todos los secretos terribles que compartían los animales desde el origen de los tiempos y sabedores nosotros de todo esto ¿hay derecho a dejarlos abandonados a su suerte porque, por ejemplo, el miedo al abrazo mortal de una pitón nos atenace?

Con Félix Rodríguez de la Fuente los animales entran definitivamente en nuestro reino y se salvan. Porque nuestro reino, que no es otro que el de la salvación por la simulación no se sabe si tendrá futuro, pero su presente es ilusionante hasta para un animal.
Si como afirma Baudrillard, “Simular es fingir tener lo que no se tiene“; el animal, que sólo tiene poder sobre las hembras, sobre los otros machos y sobre “su” territorio como un efecto especial de nuestra propia y cruel mirada escrutadora, en realidad no tiene más poder que el que nosotros le concedemos. Y ahí es cuando entra en acción Félix.
Desplazándose con su equipo de filmación a localizaciones salvajes (como hacía John Ford) y acotando una especie de reserva animal experimental, someterá a los especímenes salvajes o a los ya nacidos en cautividad a una formación y domesticación (troquelado) que finalmente dará como fruto la felicidad del animal actuando (su auténtico poder) y la del espectador que disfrutará posteriormente de tan bellas imágenes y tan admirables comportamientos. Con Félix, el animal aprende por fin a ser un animal, recupera la animalidad (que es un efecto de simulación) sin el incordio selvático. Nada que ver con el animal de circo. Félix no humilla, no enseña acrobacias no utiliza el látigo. Se limita a decir: Tú eres un animal salvaje y lo único que espero de ti es que cuando nos separemos te comportes como tal. Y el animal, cómplice gozoso, dirá: No te preocupes amigo Félix que repetiré en la selva como un autómata mi papel depredador o depredado, de dueño de las hembras y del territorio, con tal de vivir eternamente bajo tu protección y tu alimento.

Lástima que un desgraciado accidente nos privara para siempre del gran Félix. Y lástima que sus continuadores, obviando ese gran carnaval mundano y hollywoodiense de los animales que nos legó Félix, perseveren con sus imágenes en retrotraernos a esa época cruel de los cuentos al amor de la lumbre en que los animales vivían sin ningún glamour en plena e inauténtica barbarie. Y lo que es peor, sin selva auténtica, pues hoy todo su hábitat natural se ha transformado en un inmenso Parque Natural cerrado (por el hombre) tipo Campo de Concentración para que entre ellos continúen practicando, como se hacía en los Campos, las peores atrocidades.
Frente a todo esto, amigos, yo me quedo con las Fábulas, con Walt Disney, con mi amigo Félix y con la desenvoltura mordedora del pequeño Diablo de Tasmania.

Elías Alfonso