Por mucho que se insista a través de los media en mantener vivo el viejo concepto de izquierda o derecha ya no vivimos en esa dualidad caduca, sino que sobrevivimos a ella. En Occidente gusta la ilusión del autoengaño. Y si en otras culturas el intercambio en la calle se articula en torno al regateo cansino por cualquier insignificancia hasta convertirlo en una parodia saludable del propio intercambio, nosotros, utilitaristas y prácticos, vamos directamente al meollo de la cuestión, es decir, al timo.
En la vieja Europa severa y cobardona, el gran timo, la posibilidad de timar impunemente a otro u otros es Constitucional y está regulada por Ley. En cambio, el pequeño timo se mantiene semiclandestino e insignificante, únicamente como señuelo de que es posible acceder a través de él a todas las posibilidades que ofrece el gran timo.
El timo es una especie de costumbrismo o tipismo. Por poner algunos ejemplos, el timo (escroquerie) más conocido en Francia es el dela Grandeur. La escroquerie de la Grandeur; En Alemania el timo (Betrüger) se asimila al Libe Arbeit! En Reino Unido, el timo (swindle) más famoso es el God Save The Queen Swindle. En España tenemos dos clásicos con solera: la Estampita y el Tocomocho. Yo, sin más preámbulo, añadiría también a estos timos europeos simpáticos y populares el novísimo y postmoderno de la Libertad. Tendríamos entonces: el timo (escroquerie) de la Grandeur, el timo (Betrüger) del Libe Arbet!, el God Save The Queen, Swindle, la Estampita, el Tocomocho y la Libertad.
En el resto de Europa allá ellos con lo que hacen con sus timos pero en España, país irrelevante en el pensamiento (“No ha producido ningún filósofo de envergadura”, Cioran) y de tradición tan opuesta al libertinaje y la herejía, añadir la Libertad a la Estampita y el Tocomocho es no sólo acceder por fin a la ansiada modernidad a través del timo sin merma alguna de lo tradicional, sino dar un paso adelante transnacional ya como miembro de pleno derecho en la Globalización del Timo.
Llamaba yo en otro articulillo a la Libertad como la verdadera autopista del Odio. Y esto merece una aclaración, no vayamos a deducir de ello que todos los conductores son odiosos. En realidad, más que autopista quería decir rampa de lanzamiento del Odio, o sea, aceleración conjunta de la Libertad y el Odio. Pero en ese proceso-rampa ocurre algo: si bien el Odio permanece constante, la Libertad muta y deviene Liberación. Y lo que hasta ahora, la Libertad, era considerado como un timo por esa socarronería ancestral que tienen todas las culturas inteligentes pasa a ser una nebulosa global en la que cada ser se nutre de la agonía del otro, es decir, la Liberación. Analizaremos ese canibalismo agónico de la Liberación en otro momento.
Volvamos a la Libertad. Antes de pavonearse por todo el orbe como el cometa Hale-Boop que, recordemos, no anunciaba buenos presagios, la Libertad es una construcción mental, es decir, un concepto. Y como todos sabemos después de Nietzsche el concepto nace ya con vocación timadora.
Comparemos dos ejemplos históricos que representan uno el inicio y la máxima exaltación de la Libertad y el otro su grado cero. En el primero (año 1765), aparece, no podía ser de otra forma, un ilustre pedagogo, Jean-Jacques Rousseau, afirmando: “Un niño que sólo conozca a sus padres no podrá conocerlos bien”. En el segundo (3000 a.C.), aparece la primera representación escrita (cuneiforme sumeria) de la palabra Libertad, Ama-Gi, que significa, sencillamente: “Volver a la madre”.
Entre ambos acontecimientos hay nada menos que 4765 años de ignorancia a la Libertad ¡que ya son años! Menos mal que la Ilustración y Rousseau vinieron a socorrernos. Porque, si el buen sumerio nos invita amablemente a volver (o permanecer) a la madre (interprétese también como volver a una patria, una cultura…, aunque yo prefiera el sentido literal), Rousseau lo que en realidad quiere decir con su afirmación es que salgamos de nuestros padres para mediante esa Libertad mundana volver otra vez a ellos conociéndolos mejor, por si no los conocíamos ya bastante. La sorpresa que nos puede aguardar al regreso (probablemente ya convertidos en disciplinados y disciplinantes pedagogos) es que nos digan que el que se fue a Sevilla perdió su silla. Y en ese momento seremos conscientes de que nos han timado la Libertad y Rousseau. Porque la Libertad, como el Odio, no es un problema de conocimiento, sino de ejercicio, de saber estar, de estar. Y también de escenario. Y ahora, ya sin escenario (los padres, la patria, la cultura, la realidad ), como partículas solitarias y elementales en rotación y odiando profundamente a no se sabe qué, pasamos a engrosar la infinita legión de timadores individuales de la Libertad teórica y otras teorías que como la peste bubónica medieval asola de cadáveres teóricos nuestra postmodernidad crepuscular.
G. C. Lichtenberg, un hombre sabio que pasaba de todos esos debates ridículos que llenan nuestras bibliotecas sobre si el hombre nace libre o no, decía que la Libertad en realidad para lo que sirve es para abusar de ella. Ese abuso, que conlleva hoy en sociedad de masas un elemento autosacrifial, una especie de hara-kiri personal, es palpable en el derroche de energía y el consumismo desenfrenado. Y es saludable, pues tal vez sea la única forma de engullir y digerir insensatamente, sin enterarnos, todos los timos teóricos que como la Libertad, la izquierda y la derecha o cualquier vestigio o moralina trasnochada del pasado nos privan, aunque sea ya como hijo pródigo de “volver a la madre”.
Elías Alfonso
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