De la gran cosecha que prometía el grandioso proyecto evangelizador, colonizador, descolonizador y globalizador llevado a cabo por Occidente desde el siglo XV hasta nuestros días, apenas si nos quedan hoy dos moralismos tradicionales: la Libertad y el Odio y una objetividad postmoderna: el paro técnico social. De este último – equivalente al paro cardíaco individual -, que incluye también lo que popularmente conocemos como “el paro”, ya se ocupan los media, los agentes sociales y los gobiernos. De la Libertad, verdadera autopista del Odio, hablaré en otra ocasión.
En cuanto al Odio propiamente dicho, es lo primero que descubre el niño-bebé occidental postmoderno en el rostro de quienes le miran.
Víctor Hugo que, a diferencia de Baudelaire, fue un romántico francés santurrón y asilvestrado capaz de languidecer ante cualquier sotana o de aporrear con saña a cualquiera hasta la muerte decía, confundiéndolo todo como era el caso en esta gente atropellada que: “Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga”. Literalmente, sin metáfora, esto es un contrasentido lógico, un disparate y una grave ofensa para los seis hijos que tuvo que, supongo, fueron alguna vez niños-bebé románticos occidentales.

Así pues, el Odio, antes incluso que sorprender a nuestros padres practicando el coito, es nuestra auténtica escena primitiva.
¿Y por qué el Odio y no la Envidia o la Avaricia ha de ser lo último que nos queda hoy, se preguntará algún lector estudioso de los pecados capitales o del capitalismo? Elemental, querido lector: si hemos llegado al paro técnico social, al colapso, es porque tanto la Envidia como la Avaricia han dejado de ser operativas. En cambio el Odio, siempre conjurado y silenciado, aparece al fin hoy en todo su esplendor, en su verdadera dimensión de energía del futuro. Y yo propondría, para no reducirlo todo a algo tan consabido y pedestre como el Odio entre marido y mujer, una nueva interpretación de la Historia Moderna Occidental a partir no del Ser como principio ontológico fundamental, sino del Odio como ultima ratio.

Esta nueva interpretación no iría de lo particular a lo global por su ya probada ineficacia, sino al contrario; y los hasta ahora considerados grandes acontecimientos de la Historia podrían despacharse de un plumazo y olvidarnos de ellos para siempre simplemente anteponiendo la palabra Odio a su enunciado, por ejemplo: Odio en El Descubrimiento de América, Odio en La Batalla de Trafalgar, Odio en la Revolución Francesa, Odio entre Pierre y Marie Curie, Odio en La llegada a la Luna …
Superado todo esto, volatilizado en nuestra memoria por la actualidad candente del Odio particular y dado que justamente por esa mirada glacial del adulto hacia el bebé no nos ha sido posible elaborar una cultura colectiva, una civilización diferente que siempre sería una incivilización del Odio, pasaríamos a ocuparnos de lo que tenemos, es decir, del Odio en la vida de cualquiera de nosotros.

Vale la pena rastrear las peripecias del Odio personal. Y yo distinguiría en el rastreo dos estados o Edades del Odio: infantil o invariable y adulta o regresiva.
La Edad infantil invariable o permanente, unifica el Odio en el ámbito familiar: padre, madre, hermanos, abuelos, tíos, primos… y también el Odio en el orfanato o la guardería. Es el Odio en estado puro o la Edad de Oro del Odio en Occidente. Esta Edad del Odio ha producido lo mejor y más valioso de nuestra cultura del Odio (y no voy a dar nombres, porque ya los he dado en este blog) y es, además, la prueba irrefutable del conocido dicho: Virgencita de mi vida, que me quede como estoy.

La Edad adulta o regresiva del Odio se articula enteramente en torno a lo escolar y la enseñanza y hoy más concretamente en torno a los programas educativos de los diferentes Ministerios de Educación europeos.
Y como el Odio no se teoriza sino que se experimenta, esta Edad devaluada y virtual del Odio, ya vacía de contenido pero no de Odio, fácilmente reconocible en la superficie por la fidelidad al pesebre (Docente) y a la moneda judaica (de Judas) y por tanto también bíblica en profundidad, refractaria a toda forma de exceso y por ello en plena bancarrota discursiva, de un Odio feroz, venido a menos y por ende atrozmente celosa de la plenitud y el brillo de su predecesora la Edad de Oro infantil, esta Edad digo, ya sin salida plausible y honrosa, sólo puede ofrecernos aquello que decía Cioran: la protección y la paz del yugo.

Veamos a grandes rasgos como actúa y se manifiesta el Odio en esta Edad, a la que también se podría denominar la del Odio en las Aulas.
En Preescolar y Primaria: Odio del niño a la Señorita/to, Odio recíproco; Odio a los juegos, a las cancioncillas, a los idiomas, al día de la madre, al día del padre, al recreo, a todos los compañeros, a los dibujitos, al huevo Kinder; Odio progresivo al director/a del colegio. Odio al Colegio.
En Secundaria: Odio del alumno al profesor/a, Odio recíproco; Odio a todas las asignaturas, a Educación para la Ciudadanía (si el Odio es en España), a los deportes, a todos los idiomas o dialectos, Odio al castellano, a ser alguien, a la napolitana de chocolate, a los corrillos de profesores (los únicos que permitía Franco), a los compañeros; Odio al profesor que engaña, adora, o pasa de su mujer, a la profesora que ídem de ídem; Odio a las vacaciones del profesor en La Manga; Odio entre profesores, por lo que sea (recordemos que la Envidia y la Avaricia están descartadas); Odio en los claustros; Odio supremo de todos a la Enseñanza Secundaria. Odio al Instituto.

En la Universidad: Odio del universitario al profesor, al catedrático, al rector, al consejo rector, a los bedeles y administrativos; Odio recíproco hacia el universitario de todos estos que acabo de nombrar; Odio del universitario hacia cualquier asignatura o especialidad; el mismo Odio del profesor o catedrático hacia las asignaturas o especialidades que (sin embargo) imparte; Odio entre universitarios/as; Odio inexplicable (por lo dicho más arriba) entre profesores y catedráticos; Odio entre rectores, entre Universidades; Odio a y entre los que son Honoris Causa; Odio a la cafetería; Odio al edificio universitario, a las charlas, a las conferencias, a los actos de solidaridad, a la graduación; Odio entre bedeles, entre administrativos; Odio a la enseñanza universitaria; Odio en el Campus. Odio supremo Cum laude en la Universidad.

Este es el fruto sintético de nuestra gran cosecha, un producto, el Odio que, como antaño el estuco, unifica nuestro principio y final de trayecto ¿Y qué puede hacer Occidente hoy con tamaña condensación odiosa? No le pidamos peras al olmo de Occidente. Carecemos de imaginación, somos odiosos, pero no crueles hacia nosotros mismos. Encauzar sabiamente ese Odio a través de las mismas redes de distribución con que socorremos a los demás sería una solución. Tendríamos, por ejemplo: un pack solidario individual compuesto de lentejas, arroz, garbanzos, dos aspirinas, un preservativo y un concentrado de Odio (cincuenta gramos estaría bien). Si el pack fuera solidario de cooperación cultural, mandaríamos nuestros cuadros, por ejemplo de Picasso, añadiendo a lo anterior doble ración de preservativos y doble de Odio.
Con la llegada de la nueva materia prima en expansión, el Odio, lógicamente habría que hacer algunos ajustes en la denominación económico-política de nuestros organismos. Así, por ajustar el más importante, ¿qué os parecería el nuevo nombre de Unión Económica Europea y del Odio?

Elías Alfonso