La decisión tiene por objeto permitir al sujeto actuar. Pero si el que actúa fuera consciente en todos los momentos de su acción del peso de los determinismos y de las estructuras, su impulso hacia la acción quedaría truncado.
Lucien Sfez, Critique de la décision.

Hubiera sido conveniente estar más unidos y próximos unos a otros. En cuanto nos perdemos de vista dejamos de necesitarnos al tiempo que dejamos de existir. ¡ Qué maravilla lo tribal! Allí, el que se movía no es que no saliera en la foto como se dice ahora, es que no volvía a salir en nada: de un solo tajo de alfanje a la manera de El Cobrador te desangraban vivo en cuestión de segundos.

Con estos pensamientos y un abultado flemón en la mandíbula me encaminaba yo una tarde calurosa de finales de septiembre hacia el centro médico de urgencias de mi ciudad. Al fondo de la calle, sobre la acera, veo un grupito compacto con el que me voy a cruzar enseguida: son los viejos del Cotolengo en sus carritos de inválido empujados por jóvenes estudiantes en labor humanitaria. Dan un paseo por la ciudad. Un paseo divertido, pues vienen todos a la carrera, de jolgorio: los estudiantes muertos de risa y los viejos demandando más velocidad al carrito y pidiendo tabaco a todo el mundo. ¡Dame un cigarro, dame un cigarro, dame un cigarro! ¡No les den!, gritan los estudiantes, pero yo, a pesar del ruego y del flemón, le alargo un fortuna a un viejo que éste atrapa sin pérdida alguna de velocidad.

El absceso, ocasionado por una muela, tiene mala pinta y como la inflamación no baja con el tratamiento de antibióticos termino al día siguiente sobre el quirófano del Hospital General.
Con dos buenos pinchotazos paralelos en el cuello, a lo mordisco de Drácula, me drenan y expulsan toda la pus acumulada y a continuación paso a ocupar mi correspondiente habitación de ingresado en el Hospital.

En los centros hospitalarios es donde se lleva a la práctica hoy con mayor rigor y precisión nuestro principio (y final) de la vida como programa – en este caso de lo que queda de vida. Conocidas todas las enfermedades, curables e incurables, con toda la sabiduría y experiencia acumulada en siglos ad hoc, y los historiales médicos de cada enfermo actualizados y puestos al día, se trata ya de aplicar un programa general de actuaciones que hermana a la Medicina y su Administración en una racionalización definitiva de la vida y de la muerte. Todo ello, en el supuesto provecho del paciente y también, por qué no decirlo, en el de la propia Institución médico-sanitaria.

Aquello del médico de familia o de cabecera de antes que te atendía mintiendo piadosamente hasta que la palmabas piadosamente ya se ha acabado. Hoy los tratamientos son despersonalizados, objetivos, para todos igual, democráticos, sin privilegios.
La reducción de la vida a lo puramente biológico – el cuerpo sin misterio ni trascendencia, sin secreto – suprime la diferencia entre las clínicas privadas y los hospitales públicos puesto que en ambos casos lo determinante es la “sabiduría” sobre el cuerpo y la tecnología aplicada al mismo. El enfermo, en las dos situaciones (medicina pública o privada) sólo es un historial, un diagnóstico, un dato. El mismo dato al que se reduce su presencia en las encuestas o el censo electoral. Y a esta reducción general de la presencia humana al dato tampoco escapan médicos, enfermeras y demás integrantes del sistema sanitario, aunque estén sanos. Se trata de extender el control y el programa a todo bicho viviente. Nada se deja a la improvisación, a lo no escrito y estudiado: horarios de trabajo, competencias, tratamientos, planificación de comidas y administración de medicamentos, limpieza, higiene… Y si cualquier hecho imprevisto puede alterar momentáneamente este funcionamiento perfecto, una vez subsanado contribuye en el futuro a perfeccionar el propio sistema puesto que de volver a ocurrir ya estará previsto.

En estas condiciones, la vieja cantinela crítica hacia la incompetencia médica o el mal funcionamiento general de la sanidad – tan parecida al discurso crítico sobre la injusticia y las desigualdades en la sociedad – no diré que es ineficaz pero, puesto que sólo cuestiona elementos de su funcionamiento y no el propio sistema, su ineficacia se torna en eficacia futura para la institución bajo el lema general: Hay que mejorar la Sanidad; que nosotros traducimos al lenguaje llano como: a mi que me solucionen mi problema. Y mientras tanto, porque nadie se quiere morir y menos de un tajo de alfanje a lo Cobrador, la peregrinación interminable hacia estos lugares del último culto continúa.

Como ya he dicho, en esos centros se tiende a la perfección. Cualquier negligencia resulta imperdonable y desde los cambios de turno en los que se informa al entrante de todo respecto al ingresado hasta las visitas médicas y las atenciones en general el nivel de eficacia del sistema es óptimo.
Evidentemente, la educación y las buenas formas están en primer plano. Y es lo que se le pide también al paciente, esto y que se deje hacer; al fin y al cabo es por su bien, por su salud. En esa línea del dejarse hacer, la colaboración con el estamento sanitario del paciente de clase media o alta y sus familiares es mayor que el de clase baja o marginal, aunque la familia del primero sea posteriormente más exigentes a la hora de pedir responsabilidades – así como de esperar “algo” del enfermo si finalmente este se muere.

Me tocó compartir habitación con un pobrecillo de barrio humilde, jubilado por enfermedad y antiguo pintor de brocha gorda. Le faltaba un pulmón y estaba conectado día y noche al oxígeno. Según los médicos, todo era consecuencia del abuso del tabaco – los efectos tóxicos de la pintura no se tenían en cuenta. Enseguida simpatizamos, y fue a través del tabaco. Porque, en estos espacios de visión blanca y perfección inmaculada, al sonsonete regular y mortecino de los goteros y la maquinería curativa, una intuición “salvadora” nos empuja a hacer todo lo contrario de lo que se espera de nosotros. Es decir, ser imperfectos, por ejemplo: fumando a escondidas, una pequeña regresión insensata e infantil que resume la minúscula resistencia que ofrece hoy el cuerpo sano o enfermo ante la hegemonía absoluta de lo operativo y artificial Incluso, a un nivel más elevado de resistencia, no es la voluntad pícara, sino el propio cuerpo biológico el que prefiere la muerte antes que ser receptor de cualquier extrañeza operativa: véase al respecto, El Hombre Imposible, de J.G. Ballard.

A la merma en las defensas naturales del enfermo y su rendición frente al todopoderoso sistema sanitario contribuye en gran medida el otro sistema, el general, el externo, el que libera, el que incita a agotar todas las posibilidades del exceso y nos hace llegar exhaustos a las puertas del centro hospitalario.

A mi colega le visitaban su exmujer, un amigo de infancia y actual pareja de su exmujer, la exmujer de su amigo de infancia acompañada de su actual pareja hermano de mi colega, un amiguete servicial que nos traía tabaco y estaba en la reserva por si fallaba alguna relación o apetecía el cambio y dos encantadoras niñas sobre los ocho o diez años hijas de mi colega y su exmujer.
Todos en la habitación, “frente a frente, como dice la canción de Bunbury, bajando la mirada porque ya no queda nada de que hablar” le echábamos unos euros a la tele para romper aquel silencio cargado de sospecha y ver ¡Dios mío! el programa “Sálvame Diario” de Tele 5. Y todos reíamos. A mi colega le borboteaba el oxígeno del gotero con la risa. Y su exmujer, viéndole tan animado y jovial depositaba un besito en su mejilla al tiempo que le susurraba: ¿No habrás fumado?

Por la mañana, tras el desayuno, recibíamos la visita médica. Lo mío no era importante y me hacían poco caso. Pero lo de mi colega era un espectáculo. Él, sentado en la cama y rodeado de cables (al del oxigeno y el suero, se añadía el de otro aparato regulador de la presión arterial) y, en semicírculo, frente a él, la comitiva médica compuesta de especialistas, doctores, enfermeras y estudiantes de medicina: todos tomando nota de la evolución del raro espécimen en cautividad.

A los ocho días me dieron el alta. Fue un momento triste para mi colega. Habituado a la dureza del vivir, el trato discriminatorio y la resignación, había encontrado en mi complicidad un apoyo diferente. Debería haberle dicho aquello de Mayo-68: no me tengas envidia, amigo, ante el sistema, en este caso sanitario, “nous sommes tous des juifs allemands”, pero, sonriendo, le pregunté que cuales eran sus últimas voluntades. Él también sonrió.
Tres horas después regresaba a verle. Le llevaba el As, el Marca y una revista de toros. El Winston, le dije, está al fondo de la bolsa, entre los periódicos.

Y aunque no lo creáis, cuando dejaba aquella triste habitación y salía al gran pasillo de la planta, al fondo, entre el curioseo y la estupefacción de enfermos, visitantes y personal sanitario, avanzaba otro carrito con el que me iba a cruzar enseguida. Se trataba de tres individuos de etnia gitana en dirección a la terraza, que era el fumadero general. En el carrito iba el padre con gotero incorporado al carrito, un collarín en el cuello y un buen puro encendido; los hijos, empujaban el carro al tiempo que se fumaban sendos cigarrillos. Como se nota, pensé, que estas gentes no han leído a Lucien Sfez… ni falta que les hace.

Claro, volví a pensar, que igual estos del sistema sanitario, que son otra Compañía, introducen algunas mejoras y la próxima vez que venga me encuentro a cada enfermo acompañado de su correspondiente vigilante jurado, por su bien.

Elías Alfonso