Si la hegemonía tecnológica es la única “realidad” de Occidente, hambre no pasamos y de la cosa cultural (antigua o moderna) pretenden hacer hoy un nuevo Catecismo para cursis y sibaritas; si la mencionada “realidad” no está amenazada por su doble como sostiene Clement Rosset, sino por su propia gilipollez como le responde Baudrillard, entonces preferimos internamos en Internet.
Porque en Internet lo tenemos todo: la tecnología, la “realidad”, la cultura, nuestro doble, nuestra propia gilipollez, y si pedimos una pizza también nos la traen.
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2010
Internados en Internet
2010
La Libertad
Por mucho que se insista a través de los media en mantener vivo el viejo concepto de izquierda o derecha ya no vivimos en esa dualidad caduca, sino que sobrevivimos a ella. En Occidente gusta la ilusión del autoengaño. Y si en otras culturas el intercambio en la calle se articula en torno al regateo cansino por cualquier insignificancia hasta convertirlo en una parodia saludable del propio intercambio, nosotros, utilitaristas y prácticos, vamos directamente al meollo de la cuestión, es decir, al timo.
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2010
El Odio
De la gran cosecha que prometía el grandioso proyecto evangelizador, colonizador, descolonizador y globalizador llevado a cabo por Occidente desde el siglo XV hasta nuestros días, apenas si nos quedan hoy dos moralismos tradicionales: la Libertad y el Odio y una objetividad postmoderna: el paro técnico social. De este último – equivalente al paro cardíaco individual -, que incluye también lo que popularmente conocemos como “el paro”, ya se ocupan los media, los agentes sociales y los gobiernos. De la Libertad, verdadera autopista del Odio, hablaré en otra ocasión.
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2010
Hospitales: El último show
La decisión tiene por objeto permitir al sujeto actuar. Pero si el que actúa fuera consciente en todos los momentos de su acción del peso de los determinismos y de las estructuras, su impulso hacia la acción quedaría truncado.
Lucien Sfez, Critique de la décision.
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2010
Yo me quedo con Sally

Recuerden amigos, aquella chorradilla cursi en forma de pregunta con la que terminaban antes las entrevistas al escritor consagrado o al famosillo relevante:
.- ¿Y usted, qué tres cosas se llevaría a una isla desierta?.
El escritor se alegraba de la pregunta:
.-Me alegro que me haga esa pregunta.
Y siempre se llevaría libros de otros escritores famosos, vivos o muertos. El famosillo también se alegraba de la pregunta: Me alegro que me haga esa pregunta. Y siempre se llevaría algo de otros famosillos, o si no, música de Juan Sebastián Bach, el padre de la música.
Tras aquella memorable entrevista en la tele a Paco Umbral con lo de “mi libro”, ya no se ha vuelto a hacer la pregunta. Es obvio desde entonces lo que cada cual se llevaría a la isla.
Pero, lo de irse a vivir a una isla desierta y paradisíaca, con o sin acompañamiento, ha sido un tema recurrente en la mentalidad occidental, desde el literario Robinson Crusoe hasta las libidinosas movies Emmanuel y El Lago Azul.
Hoy, ya no quedan islas desiertas o paradisíacas porque todo el universo mental y físico que percibimos se ha convertido en una inmensa isla desierta o paradisíaca – según el punto de vista que adoptemos. Pero, el mito de que lo desértico y paradisiaco existe en otro lugar, se mantiene.
Por eso, en algún momento de nuestra vida, un malestar interior nos invade, un desasosiego personal nos consume y, finalmente, un impulso como de saltimbanqui nos lanza hacia el primer destino lejano que se presenta. Y viajamos.
Hay dos tipos de viajero, dos tendencias ideológicas viajando, casi como en política: el viajero de izquierdas y el de derechas. El primero, opta por la tranquilidad de las culturas muertas y los necesitados vivos: Egipto, Marruecos, Cuba… El segundo, gusta más del exotismo y el riesgo: Birmania, Tanzania, Timor Oriental…
En ambos casos, naturalmente que hay que contar con la posibilidad del accidente, el atentado, la masacre, la matanza, el secuestro, las infecciones y hasta la desaparición voluntaria, sin rastros de ADN, la más terrible. Todas estas personas que apuestan por la felicidad deslocalizada cuentan con toda mi admiración, que quede claro. Pero ¡Dios mío, ver tantas cosas interesantes y morir al mismo tiempo sin poder contarlo! ¡Y tan alejados del querido lar que nos vio nacer!, como decía Holderlin ¡Qué insulto para el terruño! ¡Qué trauma para el progreso! ¡Qué desdoro para la vida!
Afortunadamente, se ofrecen otras alternativas más moderadas para contrarrestar esa fuerza irresistible que se apodera de los aficionados al viaje. Pasear por el campo a lo labriego con una pajita seca en la boca puede ser una de ellas o recorrer tranquilamente todos los escaparates comerciales de nuestra ciudad contemplando en ellos las ultimas tendencias del arte occidental o simplemente, hacer lo que dicen los franceses: je reste à la maison.
No está mal esto de quedarse en casa. Pero yo, puesto a quedarme con algo, me quedo con Sally.
Sally es la perrita que está en la foto. Tenía seis meses cuando llegó a casa procedente de un albergue para perros abandonados. Venía asustada, herida en una pata, llena de parásitos y su primera reacción fue esconderse debajo del sofá. Ahora (la foto es actual) Sally tiene quince años. Con el tiempo ha ido perdiendo algunas piezas dentales, parte del sentido de la orientación y de la capacidad auditiva y visual. Pero aún conserva lo esencial: el apetito. Es única para comer. Y ha sido única para mí en casi todo.
Pero, antes de Sally, estuvo Ulises, otro perrito pequeño y maravilloso que vivió dieciséis años. Ulises fue un perro irascible, aventurero, apasionado, pero profundamente fiel y unido a sus amos, nunca soportó las separaciones.
Sally tiene en común con Ulises la antipatía hacia otros perros, en su caso a las hembras. Pero, en todo lo demás es totalmente diferente. Sally es sociable, zalamera y confiada con las personas; sensual, le gusta que la rasquen la cabeza y la pancita. Pero no guarda una fidelidad exclusiva hacia sus amos y su domicilio, tal y como ocurría con Ulises. Si alguien se acerca, la acaricia y le ofrece alguna golosina, de momento se va con ella. Sally es un ser vital y práctico. Una superviviente en el mundo. No en el mundo perruno o humano, sino en el mundo existencial a secas.
Decía mi tocayo Elías Canetti, que detrás de cada animal se oculta alguien que se ríe de nosotros. Eso nos gusta. Como también esa inclinación pedagógica a inculcarles nuestros comportamientos, a humanizarlos, a que aprendan alguna monería, a ser simpáticos e inofensivos. Los que viven en el zoo, al menos se libran de todo esto.
Sally es una perrita singular. No corre detrás de la pelotita, no da la mano, no obedece a la orden de tumbarse o sentarse ni trae la correa en la boca para el paseo. No se presta a ningún juego sutil o tontorrón. Sally se ofrece íntegramente. Se tumba a voluntad y te dice: haz conmigo lo que quieras, pero ráscame la barriguita. Tan posesiva de sí misma como indiferente a cualquier destino, sólo obedece a su propio instinto, que no está en el instinto de conservación, como se cree, sino de repetición y de ritual simbólico. En todos los seres el instinto es el carácter. Sobre él se sustenta todo el edificio ritual de intercambios simbólicos consigo mismo y con los de su espacie. Sally ha crecido entre humanos respetuosos de su carácter, pero esa imposibilidad de convivir con otros perros ha hecho que vuelque íntegramente sobre sí misma todo el material instintivo de los de su especie. No ha habido desgaste de carácter porque no ha habido imposición, relación ni intercambios. Por eso, y pese al deterioro por la edad de otros órganos vitales, Sally conserva intacto el rasgo más determinante de la vida: alimentarse.
Yo he pasado todos estos años embelesado en su silencio y sus movimientos. Invariable y tranquila en la repetición lenta al desperezarse en las salidas de casa, en los andares, en la exploración cauta de cada lugar. Pero también rápida y expeditiva a la hora de atacar a posibles rivales de mayor peso y tamaño. Evidentemente no se lo he permitido, por su propio bien. Pero, tampoco he intentado corregir nunca esa cualidad genuina de su carácter. Son las manifestaciones propias de un ser pleno que no obedece a ninguna ley moral del bien y el mal, como hacemos los humanos. Por eso, todos los animales, domésticos o no, se han convertido en nuestros nuevos dioses a la vez que en los nuevos sujetos a evangelizar. Dioses familiares, terribles e indiferentes, como el propio mundo. O como los de la Antigua Grecia. Y dice bien poco de todos nosotros que esa distinción gloriosa de Dioses haya recaído precisamente sobre ellos. Tal vez solo sea una nueva artimaña humana de crear ídolos para luego derribarlos. Sea como fuere, estamos a años luz de aquella metamorfosis que reclamaba Nietzsche. Nadie reivindica el honor de ser perro. Todo lo contrario, bajo el firmamento gris que ni protege ni extermina campa ya a sus anchas la hegemonía de lo neutro, de la educación y las buenas formas. De la domesticación universal.
Por eso, hiere el corazón y entristece el alma ver un animal que tras haber sido habituado al calorcillo de la protección humana y por tanto reducido su instinto de supervivencia, es abandonado por sus amos. Nada hay más doloroso que observar la soledad, el desasosiego y la confusión de ese animal buscando a su amo.
En esas situaciones, me acuerdo de Sally y pienso… Tú no tienes nada que temer Sally, porque yo me quedo contigo.
Elías Alfonso